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Tu gracia y mi pecado

  • 11 oct 2017
  • 4 Min. de lectura

Paz y bien, queridos hermanos. Una vez más, quiero compartir con ustedes un pequeño mensaje acerca de la vivencia de la espiritualidad, pero en esta ocasión, quiero hablarles desde mi propia vida, desde mi realidad. Soy un hombre común, sencillo, que arrastra a sus espaldas una historia llena de pecado, de oscuridad, de superficialidad; pero también, soy un hombre con el corazón agradecido de tanta misericordia de parte de Dios, pues, sin su gracia, habría sido muy probable que no estuviera escribiendo estas palabras y ya estuviera muerto. La sociedad actual, parece haberse vuelto loca y yo, durante mucho tiempo estuve embebido en esa locura, me invadía el alma con una inquietud, un deseo insaciable de verdad que buscaba desesperadamente en sitios equivocados, con las compañías incorrectas, que me hacían aparentar ante el mundo ser un muro indestructible, pero solo Dios y yo, sabíamos que internamente me estaba destruyendo en miles de pedazos porque a pesar de los logros humanos, mi corazón estaba cada vez más vacío, más duro, más frío  y, el pecado se había vuelto tan común que ya ni siquiera tenía conciencia mínima de remordimiento, era parte de mi diario vivir. Pero una vida así, solo puede conducir por un sendero de soledad, de miedo, de inseguridades, de deseos de reconocimiento, de un ego que se superaba a sí mismo continuamente hasta el punto de caer en lo más profundo y tocar fondo: querer dejar de existir. Como hombre, he sido amante de las caminatas en silencio, para reflexionar o para echarme a morir (como tantas veces lo hice), pero esas caminatas me llevaban siempre al mismo sitio: la soledad de mi alma y de mi habitación, una habitación que pudo haberse convertido en un lago de lágrimas de dolor, donde batallé con Dios, donde le reclamé por mis miserias, por sentirme vacío, por no dejarme amar por Él, hasta que un día, ese mismo Dios con quien peleaba, no pudo más conmigo y me permitió sentir, como nunca lo había sentido en mi vida que me ama y que me perdonaba, que Él me llamaba no porque yo tuviera méritos ni porque fuera bueno, me llamaba porque su gracia es mucho más grande que mi pecado y su misericordia mucho mayor que todas mis miserias. En ese instante pude ver mi realidad, una realidad que me invita cada día, no a ser bueno, sino a ser santo, y como san Ignacio de Loyola, preguntarme ¿Que sería si yo hiciese esto que hizo san Francisco, y esto que hizo santo Domingo? ¿Qué debo hacer para imitar a Cristo en medio de mi realidad, ahí desde mi propia cotidianidad? La certeza de sentirse llamado desde la gratuidad infinita de Dios, me compromete a ser constante en mi camino como laico comprometido, como un hombre pequeño, que en su pequeñez solo quiere amar y servir para dar mayor gloria a Dios Nuestro Señor. A pesar de mi poquedad, me atrevo a darte, querido hermano, estos sencillos consejos en el camino de la conversión y de la santidad: 

1.Nunca creas que tu pecado es demasiado grande para Dios, ponlo a sus pies y empieza a trabajar, que la santidad requiere de esfuerzo tuyo y gracia de Dios. 2.Ábrele tu corazón a la Misericordia Divina y déjate “misericordiar” por el Señor. 3.Has pequeños propósitos de santidad en tu vida cotidiana y no pretendas dar pasos agigantados, recuerda que eres un niño en la fe y como tal, estás aprendiendo, así que ten calma, no te apresures y déjate moldear a la manera de Dios. 4.No descuides tu vida de oración, la vivencia de los sacramentos, la meditación de la vida del Señor, ya que es acá donde hallarás las fuerzas para ir venciendo, paso a paso, en tu diario vivir, las pruebas que hallares en el camino de tu conversión. 5.No creas que ya has alcanzado las metas y recuerda que los santos, cuanto más maduran y crecen en la fe, más pequeños se sienten delante de Dios. 6.Examínate diariamente: cómo ha estado tu día, cómo va tu proceso de conversión, qué debes mejorar, qué debes hacer, cómo es tu oración. 7.Cuando vayas a orar ten claro hacia donde vas y a qué, qué fruto quieres de esa oración, cómo te presentas ante el Señor y no olvides nunca invocar la presencia del Señor constantemente, un ejemplo de ello, es lo que san Ignacio nos enseña en sus Ejercicios Espirituales: “Confío y sé Señor, que estoy ante tu divina presencia.” 8.Que el Rosario sea tu oración predilecta y, contempla, con María, la vida de Jesús y pídele que te ayude en tu conversión. 9.Sé humilde, el mundo está lleno de fanfarrones como para que tú seas uno más, valora lo que eres pero no olvides que es gracia divina  y no virtud tuya. 10.Llénate de Dios, estúdialo, lee las Sagradas Escrituras y hazlas vida en tu vida, estudia el Magisterio de la Iglesia, conoce la vida de los santos y procura al igual que ellos, imitar al Señor, interna y externamente. 11.Sé sencillo, no ostentes grandes posesiones y sigue el consejo de los franciscanos: tener lo mínimo necesario y no lo máximo permitido. 12.Sé agradecido, no olvides de dónde te ha sacado el Señor por pura misericordia. La mejor forma de agradecerle a Dios es luchar por llevar una vida de santidad. 13.Rodéate de personas que como tú, quieran seguir al Señor y cumplir su Voluntad, es mejor tener pocos amigos pero que te lleven a Dios que tener muchos que te aparten de su lado: camina siempre en la compañía de Jesús. Me encomiendo a sus oraciones Que el Señor los bendiga y los guarde. Dr. Alonzo Álvarez Fraternitas EG Ad Maoirem Dei Gloriam 


 
 
 

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