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COMENTARIO DEL EVANGELIO

  • 7 jul 2017
  • 2 Min. de lectura

San Ignacio de Loyola decía que “no es el mucho saber lo que harta y satisface el alma sino el gustar de las cosas internamente”, conocer la hondura del misterio divino, es un don que Dios concede a quien tiene un corazón libre, la gente sencilla que no ha embotado su corazón con la sabiduría necia de este mundo, es que ya lo decía Madeleine Delbrel:

Porque pienso, Señor mío, que debes estar cansado

de gente que hable siempre de servirte

con aire de capitanes;

de conocerte con ínfulas de profesor;

de alcanzarte a través de reglas de deporte;

de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Muchas personas pierden su vida queriendo aprender el misterio profundo de las cosas, gastan sus vidas buscando entender la realidad, sin embargo la pureza de los ojos del niño penetran más profundamente en la verdad de Dios que la sabiduría de los doctos, y la cosa está en abandonar todo intento de comprender a Dios, si no en sacar de nuestros corazones aquello que cierre a la Revelación el camino hacia el centro del corazón.

Para limpiar el corazón humano el mismo Señor nos ha aconsejado abandonar nuestras preocupaciones, sacar él todo aquello que nos cansa y agobia y tomemos sobre nosotros el yugo de su ley de libertad, es una cargar ligera y un yugo llevadero. Confiar en Dios, como un niño que confía en su Padre, con la limpia mirada de quien conoce lo que es de verdad importante, aquello que se gusta internamente: el Amor eterno de Dios

Emmanuel Barrientos

Coordinador FEG

Pidamos a nuestra Madre un corazón de niño para poder conocer el misterio de Dios

(Pausa)

Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente. Dame un corazón sencillo que no saboree las tristezas; un corazón grande para entregarse, tierno en la compasión; un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal. Fórmame un corazón manso y humilde, amante sin pedir retorno, gozoso al desaparecer en otro corazón ante tu divino Hijo; un corazón grande e indomable que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse; un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo, herido de su amor, con herida que sólo se cure en el cielo.

L. de Grandmaison


 
 
 

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